Arrancamos nueva semana con una entrada tan peculiar como lo es mi ginecólogo de la Seguridad Social, como ya os pudisteis dar cuenta en el post sobre la primera visita del embarazo. Pongámonos en antecedentes, esta cita la tenía concertada para el día 12 de septiembre a las 10:20 de la mañana en el ambulatorio Villabona, un pueblo cercano a Villa Revuelta pero que requiere de desplazamiento en coche, en tren o en autobús.

En estos casos suelo recurrir a mis suegros, los padres de Mr. D que viven relativamente cerca y tienen coche y me salvan la papeleta, al César lo que es del César. Por una vez entré puntual en la consulta, cosa que agradecí porque no hay cosa que me dé más rabia que saber que no hay nadie en la consulta y que no te llamen porque están de cháchara dentro el ginecólogo y su enfermera.

Más parcos en palabras, ¡imposible!

Sinceramente, cuando vas a este tipo de consultas lo que esperas es que te den la información completa y no que nunca sepas qué te espera tras la puerta de tu médico. Pero se ve que es demasiado pedir en la Seguridad Social. Total que entré en la consulta y el ginecólogo me preguntó que qué tal todo y le extendí el informe de la ecografía morfológica que me habían hecho el día 6.

Mientras tanto, la enfermera me tomó la tensión y mientras estábamos en plena medición me preguntó el ginecólogo si ya notaba al bebé. Asentí con la cabeza porque no quería hablar durante la medición de la tensión y el ginecólogo que no me estaba mirando estaba esperando que las palabras salieran de mi boca a lo que le dije que sí rauda y veloz.

Según la enfermera la tensión me dio bien, ni idea del apunte, pero vamos que supongo que estaría compensada porque no tengo ningún dato al respecto. Después me pidió que me descalzara para pesarme en su chupi báscula y dijo que pesaba 62,8 kg… después de desayunar y sin haber ido al baño en dos días… me pareció un dato correcto.

Seguidamente me tuve que tumbar en la camilla chunga que tienen para oír los latidos de mi Cosita Revoltosa. Me palpó la tripa y me molestó. Seguidamente puso el doppler para escuchar los latidos y era un sonido maravilloso, me dijo que estaba todo bien y que me limpiara la tripa y me levantara. ¡Ala! Y ahí me dejaron el ginecólogo y la enfermera, a la buena de Dios. Menos mal que no me mareé al levantarme porque menudo descalabro. Me costó decidirme a levantarme de la camilla y boca arriba porque no tenía la posibilidad de girarme porque era una camilla tipo potro que tenía las patas para espatarrarse… ¡Un show, vamos! Aquí eché de menos a mi marido, que tenía que trabajar y no pudo acompañarme.

Luego me preguntó si estaba trabajando a lo que le respondí que estaba de baja y ni se molestó en preguntar porqué, o desde cuándo llevaba de baja ni nada. Eso sí, me preguntó que cuánto medía y que cuánto pesaba antes del embarazo… ¿no lo podía haber mirado en la cartilla del embarazo que había tenido en sus manos hacía escasos cuatro minutos? Así es mi ginecólogo…

¡Listo! Próximas fechas

Y poco más tengo que contar de la fugaz consulta, que no llegó a los 10 minutos y de la que salí con dos citas: una para hacerme una analítica de sangre en ayunas el día 14 de octubre y otra para la matrona el 17 de octubre. Yo le pregunté a la enfermera si los resultados de la analítica estarían de un viernes para un lunes y me dijo que sí. Yo me quedé francamente sorprendida porque nadie me habló del Test O’Sullivan (la prueba de la glucosa) ni de vacunas (tosferina) ni de ná. Así que lo comentaré con la Dra. M, con quien tengo cita el 29 de septiembre en la privada porque estoy alucinando jejeje.

Firma Ms. E

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Sobre Esther Beralgo

Soy Esther, maestra y pedagoga de formación, e investigadora de profesión. Me topé con la infertilidad a los 28 años. Soy madre, gracias a la reproducción asistida, de una niña que decidió llegar el 1 de enero de 2017 a nuestras vidas.

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