La semana pasada os contábamos que la alimentación del hombre influye, para bien o para mal, en la calidad espermática y, por ende, en su fertilidad.

Del mismo modo, la actividad física tiene impacto en la fertilidad masculina y en este post vamos a hablar sobre el tipo de incidencia que el deporte, a diferentes niveles, puede tener.

Son diversos los estudios que se han realizado entorno a la relación del ejercicio físico y la fertilidad masculina y todos ellos apuntan a los beneficios de tener una actividad física moderada en la calidad espermática. Dicho en otras palabras, una vida sedentaria, además de no ser nada buena para nuestra salud tampoco lo es a la hora de pensar en tener hijos.

Pero ojo, que hacer ejercicio extenuante a diario puede ser perjudicial. De hecho, se ha demostrado que los deportistas de élite pueden tener más problemas de fertilidad y su calidad espermática está por debajo de aquellos que hacen deporte moderado.

Esto es como todo, los excesos nunca son buenos aunque a veces el equilibrio tampoco es el mismo para todas las personas. Lo que sí que es importante es evitar tener una vida sedentaria porque al final el cuerpo no está activo y no funciona al 100%. Necesitamos regenerarnos y una actividad física constante y moderada puede ser un gran aliado para afrontar una de las carreras de fondo más importantes de nuestra vida: la paternidad.

Como siempre, estos son algunos consejos que pueden ayudar a concienciarnos de la importancia que tienen nuestros hábitos en la reproducción pero cada uno ha de saber y hacer lo que le parezca oportuno en cada momento. Lo digo, porque a veces la bendita ignorancia o el desconocimiento también es un factor que ayuda. Y lo digo con conocimiento de causa porque nuestro cuñado es el ser más sedentario que te puedas echar y es padre de una hermosa criatura de cuatro meses. Si a esto le añadimos que su alimentación no es que sea equilibrada que digamos y que su mayor deporte es jugar a la PS4 pues, todo se puede.

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Sobre Esther Beralgo

Soy Esther, maestra y pedagoga de formación, e investigadora de profesión. Me topé con la infertilidad a los 28 años. Soy madre, gracias a la reproducción asistida, de una niña que decidió llegar el 1 de enero de 2017 a nuestras vidas.

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