Poco más me queda por contar del parto y de los dos días de hospitalización. Por eso hoy me voy a centrar en un tema que a la mayoría de embarazadas nos puede llegar a preocupar: las visitas en el Hospital. Desafortunadamente, en mi caso concreto, la experiencia no fue nada buena salvo contadas excepciones. Así que sin rodeos os cuento cuáles fueron a mi criterio las visitas 10, aquellas que recordaré como muy buenas; y las visitas que se podían haber abstenido a venir haciéndonos pasar un mal rato.

Visitas 10

Como todo en esta vida, hubo tres personas que supieron hacer una visita respetuosa, de esas que se pueden recordar con una sonrisa.

  1. Una tía paterna de David. Fue la primera visita que recibí. Estaba yo con la niña y con mi madre. Estuvo cinco minutos y no tocó ni besó a la niña. Se lo agradeceré eternamente que no lo hiciera.
  2. Mi compañera de trabajo. Vino hacia el mediodía, el primer día de ingreso y me trajo croissants para reponer fuerzas. Ella es fumadora, pero aquel día no traía ni rastro de olor a tabaco. ¡Bravo! Y se abstuvo de tocar a la niña.
  3. Un primo mío paterno. Si bien es cierto que es un poco charlatán, nos trajo dos mini roscos de Reyes -uno relleno de crema y otro de nata- y tampoco tocó a la niña.

Aprovecho ahora para darles las gracias nuevamente por sus visitas. Fueron agradables y muy respetuosos. Del mismo modo agradezco las no visitas de las personas que estaban enfermas y griposas.

Gripe, tabaco, pintalabios y flashes

Como ya he avanzado al inicio de la entrada, la experiencia de visitas en el hospital no fue nada agradable en general. A continuación os las cuento todas:

  1. Tres tíos paternos de David. Se llevaron la palma. Estaba yo acompañada por mi madre y con la niña en la cama. Llegaron, saludaron y vinieron directas a ver a la niña las dos tías. La besaron en la frente oliendo a tabaco recién fumado y con pintalabios en los morros. Me cabreé muchísimo teniendo en cuenta que no estaba ni miarido ni mis suegros. Encerrona en toda regla. Una de ellas, quiso sacar una foto a mi bebé y al salir el flash instintivamente puse la mano en la varita de Elaia. ¡Son unas descerebradas!
  2. Una pareja de amigos nuestra. Entraron por la puerta a las 19:30 de la tarde, cuando casi me trajeron la cena. Y lo primero que dijeron al entrar es que estaban con gripe y vinieron a donde mí a besarme. ¿Estamos tontos o qué pasa? A mí en la vida se me ocurriría presentarme de esa facha en un hospital a ver a un bebé recién nacido. Mi marido se los llevó a una sala de estar y le costó la vida que se marcharan. De hecho, se querían llevar a mi marido a cenar a no sé dónde ¡joróbate!. Todavía lo pienso y muerdo.
  3. Mis tíos paternos. Otros que tal bailan. Nada más entrar por la puerta que te digan que hacía dos días que había estado con 39 de fiebre y que aún no estaba bien era para tirarse de los pelos. Mi madre se los llevó a la sala de espera nuevamente. ¡Hasta el loño de los inconscientes!
  4. Otros tres tíos paternos de David. Estos no venían con gripe pero sí con ganas de hablar, justo en el horario de la merienda. Y nuevamente, mi marido no estaba. Me tuve que chupar la visita de su familia yo.
  5. El novio de una tía materna de David. Cuando le vibentrar por la puerta aluciné pepinillos. Venía con algo de catarro pero ni tocó a la niña. Que yo lo que no entiendo es por qué vienen para decir “Hola, tengo catarro/gripe”. Sigo sin entenderlo.
  6. Mi hermana. Estaba un poco pocha y no sabía si subir o no al hospital. Finalmente vino pero se fue enseguida. ¡No faltaba más que la tía de la niña se quedara sin verla si aquí el personal venía fatal!

Como consecuencia de estas visitas despropósito, mi madre estuvo con catarro-gripe días después de que nos dieran el alta. En Villa Revuelta libramos. Pero estas cosas te pasan una vez y si hay siguiente vez no te vuelven a pasar. Nadie es imprescindible en cuestión de visitas cuando nace un recién nacido. De hecho, hay que pensar un poco en si se va a hacer más bien o mal yendo que no. Pero al personal le importa un carajo y en nuestro caso quedó más que demostrado. Espero y deseo que vuestras experiencias sean o hayan sido mucho más amables que las mías. ¿Nos las cuentas?

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Sobre Esther Beralgo

Soy Esther, maestra y pedagoga de formación, e investigadora de profesión. Me topé con la infertilidad a los 28 años. Soy madre, gracias a la reproducción asistida, de una niña que decidió llegar el 1 de enero de 2017 a nuestras vidas.

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