No pensaba yo que la crónica de nuestro parto fuera a darme para tres entradas. Tengo un recuerdo tan nítido de cómo transcurrieron los hechos que no puedo dejar de detallar todo al máximo. En el primer post os hablé del momento del ingreso y la dilatación en planta. En la segunda entrada os conté la fase de dilatación en paritorios. En este tercer y último post sobre el parto os voy a narrar la parte final del parto y el nacimiento de Elaia.

Preparativos previos a la fase de expulsivo

Una vez estaba tumbada en la zona preparada para dar a luz, Mayte, la matrona, me dijo que íbamos a esperar media hora a comenzar con los pujos del expulsivo. Aún debía descender un poco más la pequeña por el canal de parto. Para ayudar a que eso ocurriera, en cada contracción debía empujar sin dejar de respirar.

Todo seguía correcto en los monitores y yo me encontraba bastante decente para afrontar la parte más intensa del parto. A las 18:30 la matrona procedió a romperme la bolsa. Supongo que serían aguas claras porque no me dijeron nada al respecto. Mayte me comentó que si hubiera roto la bolsa antes, probablemente el proceso de parto hubiera sido algo más rápido. Pero qué sensación tan extraña esa explosión de líquido saliendo de ahí abajo.

Fase de expulsivo

A las 18:30 llegó el personal que atendería nuestro parto. Una auxiliar, la matrona y un ginecólogo residente. Mi marido se puso la bata verde y se puso a mi izquierda. La matrona volvió a explicarme que debía doblar las rodillas para hacer fuerza. Además debía bajar la barbilla y contener el aire para hacer el pujo. David tuvo que agarrarme la pierna izquierda para presionarla hacia mí porque la tenía completamente dormida.

En cada contracción tenía que hacer tres pujos. Era bastante exhausto llegar al tercer pujo. Todos me animaban mucho y yo iba preguntando si íbamos avanzando algo. Fueron varias las contracciones que necesité para que la cabecita de la pequeña estuviera lista para salir. De hecho, pude tocarla y eso me dio más fuerzas para el sprint final. De repente, la matrona me animó a que empujara porque la cabeza iba a salir. Y así fue, y seguidamente salió el cuerpo. ¡Nuestra princesa había nacido! Y nada más nacer rompió a llorar. Me la pusieron encima. La primera impresión es que Estaña moradita y que tenía mucho pelo. Mi niña estaba con nosotros. Con sus papis. Toda lucha tiene su recompensa y la nuestra acababa de ver mundo a las 18:58. David y yo rompimos a llorar de la emoción. Lo habíamos logrado, nos estrenábamos como padres aquel 1 de enero. Año nuevo, vida nueva. Jamás tuvo más sentido para mí esta frase.

Qué sensación tan indescriptible tener a tu bebé recién nacida, tan calentita, encima tuya. Desde el minuto cero con sus ojos bien abiertos y buscando el pecho. David quiso cortar el cordón umbilical una vez este había dejado de latir.

Enseguida expulsé la placenta y mi marido la quiso ver. Yo me abstuve, David se quedó impactado. ¿Qué necesidad tenía yo de ver la placenta si tenía a mi somete encima de mi tripa?

Reconocimiento de BabyE e instauración de la lactancia materna

No sé cuánto tiempo pasó desde que nació hasta que la matrona me dijo que iban a pesar y a medir a la niña. Eran 2’820 kg de puro amor y 49 cm de ternura. Esta última cifra creo que fue errónea porque en los controles del ambulatorio medía menos. Mientras esto ocurría, el ginecólogo me estuvo reconstruyendo el desgarro de grado 2 que tuve. El chico me dijo que me iba a hacer un cosido interno. Los puntos se reabsorberían por sí solos.

Después la matrona me devolvió a la niña y la puso cerca del pecho. Ella sola buscaba el pecho y se enganchó de forma natural. La sensación de ese primer agarre fue molesto, quizás algo doloroso. No lo recuerdo bien. La matrona me dijo que el agarre era bueno. Mayte aprovechó la coyuntura para poner una inyección de Vitamina K a la niña, mientras succionaba. Ella ni se enteró. También le pusieron, tras informarnos a nosotros, una pomada oftálmica para evitar infecciones en los ojos.

Estuvimos en el paritorio cerca de dos horas disfrutando de nuestra niña en la más absoluta privacidad. Nuestra luchadora, nuestra cachorrita estaba con nosotros y era preciosa, pero pequeñita. Nuestro sueño se hacía realidad y todo lo que habíamos podido imaginar fue superado por la realidad, por la magia del momento. Todos los meses de búsqueda, las consultas médicas, los pinchazos cobraban sentido. Aquel 1 de enero, sin esperarlo, empezó nuestro periplo como papis. 

Tenemos muchísimas cosas que contaros de estas primeras semanas de vida de nuestra pequeña bendición. No puedo prometer cuándo publicaré porque en estos momentos estoy 100% volcada en disfrutar de nuestra bebé y escribo mientras ella está durmiendo en mis brazos a través del móvil.

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Sobre Esther Beralgo

Soy Esther, maestra y pedagoga de formación, e investigadora de profesión. Me topé con la infertilidad a los 28 años. Soy madre, gracias a la reproducción asistida, de una niña que decidió llegar el 1 de enero de 2017 a nuestras vidas.

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