En enero hablábamos del estrés, ese compañero indeseable que se presenta ante nosotros y nos acompaña debido a nuestro estilo de vida, nuestras profesiones y demás situaciones que hacen que no tengamos tiempo ni para respirar dos minutos porque todo son obligaciones y pocas son las devociones. Y hoy vengo a contaros que, como no, que yo tengo estrés y que desde el año pasado lo he sufrido, quizás en dosis elevadas. Puede que ahora es cuando me esté pasando factura, os cuento en detalle lo que dio de sí mi año 2014 para que podáis entrar en situación.

El año pasado tenía muchos frentes abiertos tanto a nivel profesional como a nivel personal. En abril tenía que coger mi maleta e irme a hacer una estancia a Canadá para tres meses. Tres meses alejada de todo lo mío. Era un viaje que tenía que hacer sí o sí por el tema de mi investigación, pero que en verdad no tenía ninguna gana de hacer. ¿Por qué? Pues porque en enero de ese mismo año Mr. D y yo nos habíamos independizado después de amueblar nuestro piso. Vamos, el peor momento de la historia. Fue un trastorno muy grande ese viaje, cambios por todos lados. De hecho el propio viaje de por sí fue de lo más estresante (podéis ver aquí lo que dio de sí). La estancia en sí la utilicé para trabajar pero en verdad me sentí sola, atrapada y aguantado cual Belén Esteban en la casa de GH VIP. Lloré lo que no estaba escrito. De hecho, ahora lo pienso y creo que sufrí una fuerte depresión.

Las situaciones más duras te hacen más fuerte.
A mi regreso sufrí un fuerte trastorno de jetlag con el que tuve que convivir más de un mes. Volví a casa a principios de julio y a finales tenía que viajar a Londres a un Congreso. Afortunadamente, mi madre me acompañó y menos mal, porque creo que sino lo hubiera pasado realmente mal. Creo que la compañía de mi madre me vino genial. Poco a poco esa mezcla de jetlag y depresión se iban disipando, y menos mal, porque a principios de septiembre nos casábamos. El tema boda lo habíamos dejado muy atado antes de irnos así que era algo que no me preocupaba en lo más mínimo. Bueno sí, que había adelgazado bastante en mi estancia en Canadá y no sabía si mi vestido iba a quedarme bien o se me iba a escurrir. Pero para eso había solución y tiempo.
En sepriembre nos casamos.
La luna de miel fue estupenda. Un capricho en toda regla y lo disfrutamos a lo grande. A la vuelta retomamos nuestros quehaceres profesionales y tuvimos ese aborto bioquímico del que os hablamos no hace mucho. En noviembre nos hicimos una súper escapada a Madrid con unos amigos que fue genial y en diciembre apareció mi querida urticaria. Mi 2014 fue un no parar que no ha hecho más que salir en forma de reacción alérgica y que hace que mi cuerpo aún no se sienta preparado para albergar una criatura. Han sido demasiadas emociones fuertes y sólo recordarlo me trae un poco de tristeza y malestar.
En el fondo me siento un poco víctima de mis propias decisiones y por ello este año decidí no comprometerme a nada excepto a seguir con mi investigación y disfrutar, recuperar vitalidad y poder realizar nuestro sueño, que es poder formar una familia. El estrés va desapareciendo poco a poco, pero sus efectos colaterales perduran más de lo que uno se piensa.

¿Os influyó alguna situación de estrés a la hora de conseguir el embarazo?

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Sobre Esther Beralgo

Soy Esther, maestra y pedagoga de formación, e investigadora de profesión. Me topé con la infertilidad a los 28 años. Soy madre, gracias a la reproducción asistida, de una niña que decidió llegar el 1 de enero de 2017 a nuestras vidas.

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